*Dania González Couret
En todas las épocas siempre puede
encontrarse una relación esencial,
consciente o inconsciente, entre el hombre,
sus casas y el Sol. El diseño bioclimático
o arquitectura bioclimática ha existido
siempre, razón por la que algunos autores
consideran que es un término redundante,
pues toda arquitectura debe ser, por naturaleza,
esencialmente bioclimática. Sin embargo,
lamentablemente eso no pasa de ser una declaración
de principios que, por diversas razones, no
siempre se ha cumplido en la práctica.
El término diseño bioclimático
o arquitectura bioclimática sí
es relativamente reciente. Según la
definición de Serra (1989), «la
palabra bioclimática intenta recoger
el interés que tiene la respuesta del
hombre, el bios, como usuario de la arquitectura,
frente al ambiente exterior, el clima, afectando
ambos al mismo tiempo la forma arquitectónica».
Por tanto, se trata de optimizar la relación
hombre-clima mediante la forma arquitectónica.
Antecedentes: Los primeros
usos del Sol en la arquitectura tuvieron un
origen simbólico y religioso; sin embargo,
ya desde la antigüedad, en correspondencia
con el escaso dominio de la ciencia y la tecnología,
el hombre se vio precisado a adecuar las soluciones
arquitectónicas a las condiciones del
medio para procurar espacios apropiados para
la vida sólo a partir de los recursos
naturales disponibles, tal y como sucede aún
hoy en algunas regiones del planeta.
La arquitectura y el urbanismo en
la antigüedad: Un buen ejemplo
del aprovechamiento de las condiciones naturales
en la arquitectura ha podido encontrarse en
numerosas ciudades de la antigua Grecia, que
se ordenaban en cuadrícula, donde los
espacios habitables eran orientados al sur
y relacionados con un patio a través
de un pórtico que los protegía
del sol alto del verano, a la vez que dejaba
penetrar en ellos el sol bajo del invierno.
Así, los griegos descubrieron desde
muy temprano este elemental principio de diseño
bioclimático para regiones frías
y templadas del hemisferio norte, que ha sido
reiteradamente empleado a lo largo de la historia
en disímiles culturas y localizaciones
geográficas.
Este principio se utilizó también
en la antigua China y en el Imperio Romano
(Butti y Perlin, 1985). Los romanos descubrieron,
además, el efecto invernadero: usaban
en sus baños y termas una especie de
vidrio producido a partir de capas delgadas
de mica que colocaban en ciertas zonas de
las termas, regularmente orientadas al noroeste,
buscando la máxima captación
solar en horas de la tarde y fundamentalmente
durante el invierno. El Imperio Romano ocupó
un vasto territorio con disímiles condiciones
climáticas, algunas de las cuales,
en ciertos lugares, variaban de manera considerable
a lo largo del año. En estos casos
resultaba muy difícil lograr en todo
momento condiciones ambientales interiores
apropiadas solo mediante el diseño
arquitectónico; por tanto, se optaba
por mover los espacios interiores de las viviendas
en las diferentes estaciones (por ejemplo,
se recomendaba ubicar el comedor hacia el
«poniente en invierno»), o podían
existir, incluso, residencias para usar por
temporadas. La experiencia de los romanos
del período clásico en materia
de diseño bioclimático quedó
recogida en los tratados de Vitruvio, que
han sido objeto de estudio para los arquitectos
del planeta a lo largo de la historia hasta
hoy.
La arquitectura vernácula:
Lo culto vs. lo popular. La primera globalización.
La arquitectura vernácula, que refleja
las tradiciones transmitidas de una generación
a otra y que generalmente se ha producido
por la población sin la intervención
de técnicos o especialistas, siempre
ha respondido a las condiciones de su contexto,
buscando, a través de la sabiduría
popular, sacar el mayor partido posible de
los recursos naturales disponibles para maximizar
la calidad y el confort de las personas. La
arquitectura «culta» o de estilos,
por el contrario, ha seguido más los
patrones o códigos formales impuestos
en cada época por el «estilo»
o movimiento arquitectónico predominante,
que las condiciones impuestas por el medio;
aunque, por supuesto, las condiciones particulares
de cada contexto y el nivel de dominio de
la ciencia y la tecnología, así
como los recursos disponibles, siempre otorgan
un sello particular a la arquitectura regional
dentro del lenguaje universal predominante.
Por tanto, el proceso de globalización
arquitectónica es tan antiguo (o quizá
más), como las viejas iglesias románicas,
y se continuó manifestando en las catedrales
góticas durante la Edad Media, en el
Renacimiento y posteriormente en el neoclasicismo
y en todos los «neos» que le sucedieron
hasta el eclecticismo del siglo XIX, y el
movimiento moderno del siglo XX. Tal vez esa
globalización comenzó con las
guerras de conquistas de los antiguos imperios,
que imponían su arte, cultura y arquitectura
«culta» a los pueblos sojuzgados,
en contraposición con la arquitectura
vernácula popular tradicional que sí
respondía inteligentemente a las condiciones
específicas de su medio mediante el
diseño bioclimático, entre otros
factores. Sólo que aquel proceso de
globalización era mucho más
lento que el actual.
Las comunidades obreras y el movimiento higienista:
La revolución industrial provocó
en la Europa del siglo XIX la emigración
masiva de campesinos a la ciudad en busca
de trabajo en las industrias, constituyendo
una clase social nueva: la clase obrera, que
se estableció en viviendas localizadas
en los alrededores de las industrias, con
pésimas condiciones de higiene y gran
hacinamiento.
El peligro que este nuevo fenómeno
urbano representaba para la ciudad, no sólo
por la proliferación de epidemias,
sino por la posible explosión de revoluciones
sociales (de acuerdo con las teorías
de Marx y Engels), dirigió la atención
de los industriales capitalistas y el propio
Estado hacia la creación de comunidades
obreras de nuevo tipo, con un enfoque higienista,
que han sido consideradas por algunos como
comunidades solares y que constituyeron el
germen de lo que posteriormente cristalizó
como «movimiento moderno» en la
arquitectura y el urbanismo del siglo XX.
En estas nuevas comunidades, los edificios
largos y estrechos se ubicaban en un espacio
predominantemente verde y separados entre
sí a una distancia suficiente para
permitir el acceso de todos los espacios interiores
al Sol y aprovechar así su efecto higienizante,
además de térmico. Los promotores
de este modelo, surgido en los países
fríos del norte de Europa, redescubrieron
el principio de la orientación y la
protección aplicado muchos siglos antes
por los griegos.
El movimiento moderno en el siglo
XX: El movimiento moderno surgido
a principios del siglo XX tuvo como antecedentes
las primeras comunidades obreras europeas
y buscaba soluciones que permitieran la producción
masiva (y por tanto, industrializada y estandarizada)
de viviendas para la población en general.
Sin embargo, el concepto de vivienda típica,
repetitiva y estandarizada que se basaba en
un ideal de industrialización de la
construcción que nunca logró
alcanzarse, partía del modelo productivista
y mecanicista del desarrollo que ha sido ampliamente
cuestionado desde las últimas décadas
del siglo XX.
Hoy se sabe que la mejor solución arquitectónica
(la más sustentable, económica
y apropiada) debe ser siempre específica
y responder a las condiciones del entorno
en el cual se inserta y del que pasará
a formar parte durante un largo tiempo (mientras
dure su vida útil), y con el que establecerá
conexiones para obtener los recursos de los
cuales depende (agua, energía) y evacuar
los residuales que produce. Muy similar a
lo que sucede con los organismos vivos, en
cuyo modelo se basa la actual concepción
sustentable del mundo. El movimiento moderno,
no obstante, dio origen al llamado «estilo
internacional», que se extendió
nuevamente por igual a todo el planeta, a
contrapelo de costumbres, idiosincrasia, tradiciones
y condiciones climáticas, gracias a
la proliferación de los sistemas artificiales
de climatización e iluminación,
altos consumidores de energía convencional.
En latitudes tropicales y climas cálido-húmedos
como el de Cuba, este modelo urbano y arquitectónico
surgido en climas fríos para garantizar
el acceso al sol se justificó para
favorecer la ventilación cruzada con
la poca profundidad de los edificios y la
recuperación del viento mediante la
distancia entre ellos. Sin embargo, los edificios
largos y estrechos están mucho más
expuestos a la radiación solar, y las
velocidades del aire en los espacios interiores
son tan altas que resultan molestas al punto
de que no es posible, en ocasiones, abrir
las ventanas. El resultado es que la ganancia
térmica en los espacios interiores
aumenta, sobre todo con el empleo de paredes
exteriores delgadas de hormigón armado
(producto de la industrialización)
y ventanas de vidrio sin protección
expuestas al sol (según los códigos
formales originalmente impuestos en los países
desarrollados y fríos del primer mundo);
ésta no puede ser contrarrestada por
la ventilación, que es el parámetro
climatológico más variable (velocidad,
sentido y dirección) y cuyo comportamiento
es difícilmente predecible, pues se
ve afectado por innumerables variables, como
el contexto urbano, la vegetación,
la volumetría del edificio, su solución
espacial interior, e incluso el cierre o abertura
de ventanas y puertas interiores.
El fracaso económico de este modelo
para la vivienda social masiva del Tercer
Mundo (que fue su razón original),
se puede constatar con el crecimiento urbano
descontrolado de la llamada «ciudad
informal», surgida como solución
popular más o menos espontánea
ante la inoperancia del modelo oficial.
Las viviendas solares: Entre
los años treinta y cincuenta del siglo
XX se desarrollaron en los Estados Unidos
numerosas investigaciones que sirvieron de
base a la construcción de prototipos
experimentales (fundamentalmente de vivienda),
cuya forma de diseño hacía posible
el aprovechamiento directo de la energía
solar en la calefacción de los espacios
interiores y en el calentamiento del agua.
Estas experiencias demostraron el rol del
diseño arquitectónico (su forma)
en el aprovechamiento pasivo de la energía
solar y la conveniencia de la adecuación
de otras ecotécnicas activas en el
diseño arquitectónico. Lamentablemente,
los bajos precios de los combustibles fósiles
provocaron- la «muerte» de estas
experiencias, a pesar del interés de
los investigadores y las instituciones involucradas.
De la crisis energética a
la crisis ecológica: La crisis
energética originada a partir de 1973
sirvió de alerta con relación
al peligro que representaba la absoluta dependencia
de los combustibles fósiles, de manera
que aunque los precios aún hoy se mantienen
bajos, se ganó en conciencia con respecto
a su agotabilidad y se revitalizaron los conocimientos
y prácticas relacionados con las fuentes
renovables de energía en general y
el diseño bioclimático en particular.
El nuevo impulso que recibió la arquitectura
bioclimática en los años setenta
respondía, por tanto, a una necesidad
de ahorro de la energía convencional
derivada de los combustibles fósiles.
Sin embargo, la crisis ecológica de
los ochenta obligó a un enfoque más
amplio, viendo la arquitectura no sólo
como una vía para la eficiencia y ahorro
energético, sino como una importante
forma de contribuir a la preservación
del medio ambiente, además del bienestar
humano.
Se ha ido así, en las últimas
décadas, del concepto de arquitectura
bioclimática al de arquitectura bioecológica,
y se ha ampliado la escala a la ecología
urbana. La arquitectura bioclimática
se presenta hoy como un requerimiento indispensable
para la sustentabilidad del medio ambiente
construido, que habrá de ser económicamente
viable, socialmente justo y ambientalmente
sano.
* Graduada de Arquitecta en
la Facultad de Arquitectura del ISPJAE, Cuba,
en 1979. Especialista en Diseño e industrialización
de la Construcción en 1982. Doctor
en Ciencias Técnicas en 1994, recibiendo
el Premio Anual Nacional al Doctorado más
destacado del año en la Rama de las
Ciencias Técnicas
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